lunes 26 de enero de 2009

Relato #1.- El BESO en la MALETA.





por Ricardo Mena Cuevas
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Mi nombre es Vladimir Vladimirovich Petrov, y pertenezco a esa categoría de escritores émigrés rusos llegados a América en su huida de la Alemania nazi que tuvieron que aprender a hablar y escribir en un cacofónico idioma inglés como medida de supervivencia y primera necesidad, amordazando con ello la dúctil y maleable voz interior de su lengua materna rusa que gritaba, como si de un trauma freudiano se tratase, por salir, palpitar, y ser libre.

Tal fue mi afán por dominar este bárbaro idioma, que durante mis primeros cinco años en América, hice del Collins English Dictionary de tapa negra (hoy reemplazada por una cubierta beige de papel de estraza que lleva mis iniciales en mayúscula “B.B.П.”), la pieza más valorada dentro de aquella maleta marrón propiedad de mi padre que siempre he llevado conmigo desde que él desapareciera en la madrugada del 25 de octubre de 1917. Aquella maleta de grandes asas marca Zanni que nos sirvió entonces para huir de la Rusia bolchevique llevando dentro de sus entrañas la foto de Comandante de Marina de mi padre, unos cuantos libros entre los que se incluía una edición princeps de Guerra y Paz, y la cubertería de plata de la familia que pagaría mis estudios en Berlín, llegó a servirme luego en mis viajes por los Estados Unidos para llevar conmigo, además de ese diccionario inglés, una pequeña parte de aquella lejana, y ya perdida para siempre, Rusia de mi infancia, en donde predominan los abedules y la nieve, los trineos y aquellos vastos campos regados por el Volga.

Con todo ello, el impuesto aprendizaje del idioma inglés no me permitió desaparecer en el anonimato de la enérgica, puritana, e industriosa clase media bostoniana como hubiera sido mi deseo. De hecho, desde el mismo día en que llegué a la universidad, tuve el dudoso privilegio (por el cual cualquier sociólogo hubiera pagado) de observar el efecto que ciertos vestigios fonéticos de mi lengua materna provocaban en mi precario e infantil inglés que ya comenzaba a darme dolores de cabeza al empujar por sacar sus primeros dientes, en el sentido de que siempre que luchaba por pronunciar correctamente, por ejemplo, ese ordinario “Good morning” (buenos días) al cruzarme en el pasillo con uno de mis colegas, especialmente con la profesora de Biología cuyo marido había fallecido recientemente, lo que ella entendía (según me dijeron) que salía de mi boca no era un simple saludo de cortesía de un profesor a otro, sino ese otro espeluznante oxímoron “Good mourning” (buen luto) que ella debía interpretar, después de unos instantes preciosos de desconcierto interior, como un inusual y sutil piropo a su irresistible belleza melancólica à la Poe, todo lo cual le demostraba a ella aquella falsa idea preconcebida de que aquella extraña expresión mía era una muestra genuina y representativa, de todas aquellas excentricidades que los americanos de clase media creían que debían poseer los literatos de la vieja Europa.

Fue este malentendido entre la aséptica expresión “buenos días” y la atrevida “buen luto”, lo que causó que al poco tiempo se me conociese en toda la universidad como “el existencialista Petrov.”

A día de hoy, después de más de diez años de enseñar literatura rusa a los americanos, muchos de mis enemigos de la junta directiva de Harvard promarcatistas han sostenido esta misma descripción falaz sobre mí con el fin de que mi contrato con la universidad no llegue a renovarse más. “Un profesor existencialista, bolchevique y comunista como Petrov lo es, supone un peligro para nuestros alumnos demócratas”, llegó a decir de mí, durante la última reunión del claustro, el profesor de literatura americana, un envidioso cuarentón adorador de El Gran Gatsby de Francis Scott Fitzgerald el cual, por cierto, acudió días después de aquello a una de mis conferencias sobre Nikolai Gogol embutido en un traje de tweed caqui para preguntar: “¿Sigue habiendo almas muertas en la Rusia actual de Stalin tal y como las describe Gogol, y tal y como usted describe a los siervos en sus novelas?” “Buena pregunta", respondí. "Siguiente pregunta”.

A decir verdad, no sé por qué sigo enseñando. Lo mejor sería huir, abandonar la universidad a mis enemigos, viajar a esa isla soñada por mí donde Natalia Oblovna aún sigue esperándome, como en aquella ocasión de 1915, cuando Natalia me pidió que bajara de aquel joven abedul tras nuestra primera pelea de novios:

-¡Vladimir, baje, baje por favor se lo pido; le prometo que no volveré a negarle un beso durante todo el día!

¡Ah, el amor! Sin duda, el amor curó y sigue curando todas las penas que alberga mi alma enfermiza... ¡Si tan sólo pudiera volver con Natalia y besarla otra vez, y olvidarme, entre sus brazos y sus labios, de toda la miserable vida que llevo...!