El sueño es ese fenómeno fisiológico que nos permite desvanecernos dentro de nosotros mismos, desatarnos de la causalidad de la existencia espacio-temporal, evadirnos del mundo exterior para imbuirnos en el nuestro propio, basto y poblado como el primero. Tiene mucho sentido decir como dijo un filósofo que “los seres humanos hacemos en sueños lo que Shakespeare hacía despierto”, esto es, vivir y expresar de forma genial nuestros sentimientos.
La vida podría ser un sueño, “ya que no hay indicios ciertos para distinguir el sueño de la vigilia”, como declaró Descartes; no obstante, nuestra duda podrá hacernos dudar del contenido o la fidelidad de nuestro pensamiento con respecto a la realidad circundante, pero no podrá hacernos dudar del pensamiento mismo que duda de sí. De nuestra supervivencia natural en este mundo, se forja y nace “la fe animal” en la que creemos a la hora de dar por hecho que vivimos en un mundo material plagado de peligros; esta idea, apuntada, con su característica honestidad poética, por George Santayana, es la clave para zanjar el combate contra el escepticismo radical que predica que el mundo que nos rodea no es más que un sueño o representación de nuestra personalidad absoluta, ya que no podemos dudar de que vivimos rodeados de seres vivos con su propia autonomía de la voluntad, y movidos según sus propios deseos e instintos naturales, cuando sus actos suponen un riesgo para nuestra superviviencia: creemos en el mundo exterior fuera de nosotros, porque luchamos y queremos seguir luchando por vivir contra todos los peligros ajenos a nuestra voluntad personal. El instinto de supervivencia nace de nuestra fe animal en que el mundo exterior existe y nos hace estar alertas. El mundo material fuera de mí existe, porque no es gobernado por mi voluntad o capricho; porque es limitada, sé que mi libertad termina donde comienza la del otro.
La vida no es un sueño como apuntan los Upanishads o Calderón, sino “un teatro en donde todos tenemos un papel que representar”; y esto por la sencilla razón de que somos los seres humanos, como el mismo Shakespeare escribió en La Tempestad, los que estamos hechos de deseos insatisfechos, de pasiones idealizadas, y de esperanzas rotas que nos desilusionan y nos decepcionan hasta el punto de pensar que
Estamos hechos de la misma materia que los sueños,
Y nuestra vida está rodeada por el dormir.
No es la vida la que es un sueño, sino las esperanzas e ideales que proyectamos para controlar el tiempo futuro de una vida que sólo contiene un infinito presente. Schopenhauer dice en su magnum opus que despiertos leemos ordenada y consecutivamente el libro de la vida, mientras que, cuando dormimos, leemos ese mismo libro de forma desordenada y caprichosa, sin estar atados a ningún principio de razón suficiente, principio desde el cual nacen, porque así los sentimos y percibimos, el espacio, el tiempo, y la causalidad.
Es en el sueño donde vivimos innumerables epifanías de las que nos sorprendemos cuando estamos despiertos; en el despertar postrimero, hay que resaltar, nos es posible reflexionar e intuir que tanto la poesía como los sueños proceden de la misma fuente original: el presente espontáneo, irracional, y fugaz de la materia física de la que estamos hechos; de esas innumerables formas que la materia adopta en su decurso temporal, algunas horrendas, aprendemos, como niños, a crear y modelar las nuestras. Eso es el Arte: la creación de formas.
Es en los sueños donde somos volátiles, como la palabra y la música; es en los sueños donde nos hacemos alados y volamos; donde circunnavegamos mares y océanos, escalamos montañas y recorremos pacíficamente los frondosos valles lejanos donde reina el Arte de Apolo Febo, lugares todos ellos representados a imagen y semejanza de nuestras escarpadas y profundas almas inexploradas e ignotas que luchan por desprenderse de su materialidad, de su cárcel contingente, de lo que muchas veces considera ella su infierno, su caída en el pecado original: el haberse fijado definitivamente en una forma determinada y final. El sueño es a la realidad lo que el corazón a la razón–una sinrazón enigmática sin lógica, sin sentido, sin concierto. Un filósofo dijo una vez cuando le preguntaron qué era lo mejor en su opinión; la respuesta fue: “Lo mejor en esta vida es no haber nacido”, pensamiento que no debe interpretarse en el sentido de que ese hombre buscaba la nada y la desaparición; lo que buscaba ese pensador diciendo eso, era, sin utilizar su tono profético, el deseo de regresar a la infinitud de la potencia sin forma material; el seguir existiendo en ese reino sin tiempo ni inicio ni final: ser uno con el Ser tras dejar de existir.
El poeta, ese ser humano que pretende asir la esencia de las cosas y que, para ello, prescinde de la existencia física que “le rodea como la cuerda a la garganta, el mar al que se hunde” porque busca la clave secreta del universo, será tanto mejor poeta cuanto mejor pueda llegar a descifrar las claves mitológicas que esconden todos sus sueños. La fuente oculta para todos los mortales, revela verdades aparentes para el poeta original. La incógnita de ese milagro exige un análisis final.
La respuesta me parece simple y sencilla; en lo oculto está lo evidente para el poeta, para el creador de mitos que él se considera que es; el poeta original no busca una explicación filosófica, racional, o científica a su existencia; lo que busca no es una explicación, sino una creación: paralela, mitológica, protorreligiosa. Se es poeta cuando se es capaz de bucear en las profundidades abisales del alma humana sin ayudas, a pleno pulmón. Adjuntamos dos ejemplos para corroborar la tesis de que el poeta es el descifrador de sueños, el shamán, el mago de la tribu; la prueba documental número 1 que aportamos, pertenece al Parnaso Español (1648), edición llevada a cabo por González de Salas a los poemas de Quevedo; en el Soneto 78 incluido en la Musa IV Ereto, sección segunda, se “Canta sola a Lisi, y la amorosa pasión de su amante” en estos términos:
Cerrar podrá mis ojos la postrera
Sombra que me llevare el blanco día,
Y podrá desatar esta alma mía
Hora, a su afán ansioso lisonjera;
Mas no de esotra parte en la ribera
Dejará la memoria, en donde ardía:
Nadar sabe mi alma el agua fría,
Y perder el respeto a ley severa.
Alma, a quien todo un Dios prisión ha sido,
Venas, que humor a tanto fuego han dado.
Medulas, que han gloriosamente ardido,
Su cuerpo dejará, no su cuidado;
Serán ceniza, mas tendrá sentido;
Polvo serán, mas polvo enamorado.
Nótese cómo nos traduce el poeta su sueño; cómo sus ojos se cierran y su espíritu viaja a esa otra parte de la ribera que es el río del olvido, el Leteo; mas el poeta, nos dice, no está dispuesto a sujetarse a ninguna ley existencial, ni siquiera a la ley mitológica que establece que el que llega y se baña en el Leteo, olvida todo cuanto fue, es, y ha sido. No; el poeta no está dispuesto a dejar que esa ley se le imponga, ya que se siente libre en su propio sueño, porque su alma sabe “nadar sobre (...) el agua fría,” porque le ha perdido “el respeto a ley severa.” La prueba documental número dos que aportamos, es este poema de W.S. Landor cuando nos narra lo que experimentó en una noche onírica y espectral:
I strove with none, for none was worth my strife.
Nature I loved and, next to Nature, Art;
I warm'd both hands before the fire of Life.
It sinks, and I am ready to depart.
Nótese el calor del fuego como metáfora de lo proteico de la Naturaleza, de la plenitud (que no infinitud) de formas que adopta la materia a lo largo de su viaje por el tiempo, tiempo cuya definición exacta estriba en ser acción, potencia que deviene forma, flujo inmediato que causa que veamos a la materia cambiar constantemente sus formas. El sinónimo del tiempo es el cambio.
No debe olvidarse que no somos más que viajeros en esta vida temporal; nada más que un peregrino nos confiesa sentirse Goethe por boca de Werther cuando observa el horizonte inalcanzable de Weimar; no se puede ser nada más, ni nada menos, que la forma de un hombre que viaja, cuando pensamos como seres humanos. ¿Pero viajar hacia dónde? Hacia ese reino sin formas, sin leyes causales, sin espacio, ni tiempo: hacia la nada temporal, y la nada eterna. Hacia ese reino en donde las infinitas formas reinan sin estar sujetas a cambio alguno.
De hecho, esta creación ensayística reinaba en ese reino eterno hasta hace un momento, sin forma prefijada, sin límites, sin tener letras, ni acentos, ni comas, ni puntos; ahora, una vez creada y limitada a la forma del presente ensayo, mi idea de que un poeta es un descifrador de sueños ya tiene su forma material en mi pensamiento y en el vuestro. Mi idea ha nacido a este mundo material y formal. Para dejar de ser mortal, para volver a ser inmortal y eterna, tendrá que desaparecer de nuestras mentes y volver a desaparecer más allá del tiempo. “Lo mejor es no haber nacido nunca” si se quiere regresar al reino de las formas intemporales e infinitas; en su defecto, lo mejor en segundo término, es morir y abandonar la temporalidad. La disyuntiva "to be or not to be" es fácilmente contestable: "not to be". En ese reino en donde las formas aún no han sido creadas, todo es libre, y no hay por qué sujetarse a ninguna "ley severa", precisamente porque no existe la voluntad.
Mientras tanto nos llega esa eternidad, ya tenemos otra eternidad de segundo grado: una vez creados materialmente, nuestra forma personal humana, como la forma literaria de este ensayo, ya es imborrable. Un romano de cuyo nombre mi mente no quiere acordarse, dijo una vez: Feliz aquel que puede acostarse y decir que ha vivido ese día; pues ya nadie, ni siquiera Zeus, podrá arrebatarle ese día vivido.

1 comentarios:
Elocuente y sabio este ensayo donde interpreta con esa clarividencia y esa prosa elaborada, lo que yo mantengo desde hace tiempo: la nada.
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