
Nabókov es un maestro de la literatura que tenía la rara cualidad de saber enseñarla a sus alumnos con la misma pasión y originalidad con que la creaba y disponía en sus obras. Una anécdota valdrá para validar esta afirmación.
Recuerda uno de sus estudiantes que estaba aquel día en el aula, su futuro crítico Alfred Appel, Jr. que, en vista de que tanto el profesor Nabókov como los alumnos estaban perdiendo la atención, Nabókov
"dejó de dar clase, bruscamente, y sin decir una palabra, caminó hacia el lado derecho del escenario y apagó las tres lámparas cenitales. Después bajó los cinco o seis escalones que separaban la tarima de la sala de conferencias, recorrió el pasillo pisando fuerte, hasta el fondo, mientras doscientas cabezas consternadas se daban la vuelta al unísono... para ver cómo, en silencio, bajaba las persianas de tres o cuatro ventanas (las otras persianas ya estaban bajadas a raíz de una proyección de diapositivas de historia del arte de la clase anterior). Nabókov volvió a recorrer el pasillo, subió los escalones y se colocó otra vez a la derecha de la tarima, donde se encontraba el interruptor. 'En el firmamento de la literatura rusa', proclamó, '¡éste es Pushkin!' Y se encendió la luz cenital situada en el extremo izquierdo del planetario. '¡Éste es Gógol!' Y se encendió la luz del medio. '¡Y éste es Chéjov!' Se encendió la luz de la derecha. Después, volvió a bajar de la tarima, caminó hacia la ventana central del fondo, soltó la persiana, que volvió a enrollarse con un ¡bang!, y un vivo rayo blanco de sol inundó la sala como una emanación. '¡Y éste es Tolstói!', bramó Nabókov."
Habiendo aceptado dar clases para ganarse la vida durante las dos primeras décadas de su estancia en Estados Unidos (llegó huyendo de Hitler y salió de Francia dos semanas antes de que éste entrara en París) la enseñanza llegó a molestarle en cuanto ésta interfirió en su creatividad.
A su amigo Edmund Wilson, el famoso crítico norteamericano que alabara la autobiografía de Santayana "Personas y Lugares" como una obra maestra a la altura de "En busca del tiempo perdido" de Proust, llegó a escribirle:
"Estoy harto de dar clases, estoy harto de dar clases, estoy harto de dar clases."
Nabókov comenzaba la mañana (cuando se liberaba de las clases) escribiendo de pie en un atril, luego escribía en un sillón, y cuando el peso de la gravedad podía con sus huesos, acababa escribiendo tumbado en la cama.
También llegó a escribir en un cuarto de baño por razones de espacio (su hijo dormía en el salón del pequeño apartamento parisiense alquilado), apoyándose en un maletín que había colocado sobre el bidé; cuando el sol desaparecía del pequeño ventanal al mediodía, el cuarto de baño se helaba y tenía que continuar la escritura con los dedos congelados hasta que su insomnio, a altas horas de la madrugada, se veía vencido por el agotamiento mental; fruto de esta tenacidad obsesiva y esta estancia en aquel horrible y congelado cuarto de baño es la que es considerada por la crítica hoy día la mayor obra rusa del siglo XX, "La Dádiva".
Como se ve en la foto adjunta a este ensayo, el método de composición escogido por Nabókov para la creación de sus novelas a partir de "Lolita" en adelante, era escribir los párrafos en fichas, las cuales luego ordenaba atendiendo a su lugar concreto dentro del tiempo de la novela; las corregía y pasaba a limpio posteriormente en un primer borrador que luego le dictaba a su esposa Véra, que lo pasaba a máquina.
Como dijo su admirador Jorge Guillén, al que Nabókov conoció en la universidad de Wellesley, del cual Guillén era jefe del departamento de Español hacia la década de los 40, Nabókov era "un poeta en dos lenguas [la rusa y la inglesa], en prosa y en verso, siempre poeta."
Como crítico literario, escribó reseñas en periódicos para ganarse la vida durante los primeros años de su estancia en Norteamérica. Un ejemplo de sus reseñas, tan brillantes como su propia literatura, es la que apuntamos a continuación, la cual la redactó sobre una novela de John Masefield:
"¿Qué es la historia? Sueños y polvo. ¿De cuántas maneras dispone un novelista para abordar la historia? Sólo tres. Puede cortejar a la escurridiza musa de la verosimilitud (...); puede permitirse abiertamente caer en la farsa o la sátira (...). Como ninguno de los dos primeros métodos parecen haber sido los adoptados por el señor John Masefield en su nuevo libro, podemos suponer que confió en la inspiración para transformar una época remota en la eterna realidad de las pasiones humanas. Por desgracia, su arte no está a la altura de la tarea; por lo tanto, se plantea un problema de apreciación: cuando el mago se engaña solo viendo sus trucos en funcionamiento, ¿deben los espectadores mirar la varita que no se ha convertido en una flor? Sí, deben hacerlo."
Como profesor, Nabókov aprendió a impedir que sus alumnos copiasen o perdieran el tiempo. Sus clases comenzaban así ante sus atónitos alumnos (muchos de ellos mujeres): "Los asientos están numerados. Me gustaría que escogierais vuestros asientos y no los cambiarais. Lo hago porque quisiera conectar vuestras caras con vuestros apellidos. ¿Estáis todos satisfechos con los asientos? No habléis ni fuméis ni hagáis punto ni leáis el periódico, y tampoco os durmáis en clase... Y, por amor de Dios, tomad apuntes."
Novelas imprescindibles suyas, de obligada lectura para cualquier aprendiz a escritor, son "María" (su opera prima), "La defensa", "La dádiva" (de su período ruso) y "La verdadera vida de Sebastian Knight", "Habla, memoria", "Lolita" y "Pálido Fuego", de su etapa inglesa.
Reflexiones en el limbo: Plafón L.V. Baños
Hace 1 semana